DE PIEDRAS PRECIOSAS Y BAGATELAS
7 jun, 2009 | Publicado por Alberto Alonso Colinas | Categorías: Teatro |
Retablo de la avaricia, lujuria y muerte
Ramón María del Valle-Inclán
La sutileza de Ana Zamora, que me tiene rendido a sus pies, es un arma poderosa que permite desgranar el texto de Valle, exponerlo en toda su belleza lírica, a veces descarnada –incluyendo, en un acertadísimo juego, las acotaciones originales del autor sobre el guión- y jugar con un trabajo fino, de orfebre, con la luz. Una luz mil veces destruida y recreada sobre el agua taumatúrgica de la alberca, una luz destructora y simbólica, emergiendo del foco del afilador, una luz onírica que atraviesa los telones dorados, traslúcidos, como de tafetán de domingo sobre los que levitan las tres mujeres, una luz, en definitiva, creadora de sombras, de zonas opacas, acciones a negar. En ocasiones burlesco, extraordinariamente bien hilado, el texto de Valle Inclán –quien da nombre al teatro que le honra- también posee sombras amargas, una ruindad dolorosa y arrastrada, gallardía y alborozo de juventud. Ellas, sublimes, a veces irreales; él, excelente. Y las sombras chinescas, todo belleza y encantamiento, refulgiendo como las cuentas –éstas, de las de verdad- de la gargantilla con la que se quiso comprar la voluntad de la mozuela entre claro de luna y sombras amenazadoras, premonitorias.
Mi limón, mi limonero, a todo trapo; cortina de bolitas de plástico, billares de pueblo. La troupe, fantástica, alegre, altiva, acaparando el espacio, absorbiendo la atención del público. Y la chica, esa mujer rotunda, exagerada, voluptuosa de puro mundana, carnal a más no poder, contoneándose. Y el pobre don Igi, sumido en ruindad, sin poder ser mejor interpretado. Y, de repente, la amenaza, el peligro vestido con ropas de safari de pega, botas de cuero de saldo, impostura calculada, arrogancia de baratillo; la conciencia de la maldad vacía, seguramente. Estertores de la música roñosa y chabacana, como una amenaza que se cierne implacable sobre las vidas que se nos presentan, como nubes que vienen a por nosotros. Esperpento, que no exageración; y, de repente, se trasciende todo, para demostrar que el arrebato existía, que mucha mujer tenía que ser para encandilar a quien no espera nada, pero tan mujer que un amour fou se encarga de devolverla al mundanal mundo, y le pone en la boca palabras demasiado hermosas sobre cosas que no pueden volver. Ese fluorescente altivo y frío brilla a lo lejos, se eleva como vino, lo mira todo, desde lejos. Ya no hay nada que hacer, sólo queda el brillo muerto de las cosas sin arreglo.
Y después, la exageración extrema, como yéndosenos de las manos. Lo mejor, los gestos como de cine en blanco y negro, las comadres que se mueven como animales, que son animales, que se arrastran y arañan y gruñen y se baten en duelo por los despojos, la idea misma del placer vacío, desencajado, erróneo. Pero el exceso sobre un texto suficiente por sí mismo para mostrar ese mismo exceso aleja el resplandor de lo sublime, del brillo frío del entendimiento, y sólo nos deja algunos destellos bonitos y bagatelas escénicas excesivas; imágenes poderosas sin brillo real.
ALBERTO ALONSO
Teatro Valle-Inclán
30 de abril a 21 de junio de 2009
Martes a sábados a las 20.30 h. Domingos a las 19.30 h.
Duración del espectáculo: 2 hora, sin descanso
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