VOLVER A CASA
24 Abr, 2009 | Publicado por Alberto Alonso Colinas | Categorías: Música, Teatro |
El Retorno de Ulises a su Patria seguramente sea de las óperas más bonitas que haya; tal vez el tiempo nos haga verla algo esclerotizada en su desarrollo, precisamente por esos corsés estructurales propios del s. XVII que Monteverdi empezara a resquebrajar, pero llena de sentimiento, con duetos memorables y escenas de gran belleza. Mención aparte merece el trabajo de Les Arts Florissants, orquesta especializada en piezas coetáneas a ésta, que despliega toda su magia a partir de la recuperación de instrumentos barrocos, que aportan una sonoridad nueva, ajena a estos nuestros oídos actuales y cargada de belleza exótica y delicada; una exquisitez.
Il ritorno d’Ulisse in patria, basada en la Odisea de Homero, se estrena en España con más de tres cientos cincuenta años de retraso, y esde agradecer que se ha cubierto ese vacío inexplicable por el Teatro Real, en coproducción con el Teatro La Fenice de Venecia. Con un libreto, de Giacomo Badoaro, raramente fiel al original (reduce a cuatro el número de pretendientes entre otros cambios menores, debidos mayoritariamente a la necesidad de adaptar la obra a las condiciones operísticas que le son propias al género) narra las rapsodias finales del clásico, en las que el héroe retorna a Ítaca y se reencuentra con su hijo, Telémaco, y su mujer, Penélope. La determinante presencia de los dioses, el reencuentro de los esposos tras los avatares de la espera, la necesidad de enfrentarse a los problemas dan pie al lucimiento de una brillante y emotiva Christine Rice en el papel de la reina Penélope y al uso de una escenografía sencilla y hermosa, basada en la contraposición de colores planos, inteligentes juegos de luces y el uso de la platea como mecanismo de integración de las escenas en el contexto. También Monteverdi saca partido de las armonías vocales, presten atención particularmente a los tres pretendientes y su sarcástico discursivo en canon y a los duetos entre Penélope y Ulises (cargados de emoción, muy en particular el final, el del reencuentro) y entre Eurimaco y Melanto (hedonista y fascinante), así como al simbolismo del diálogo inicial sobre la fragilidad humana. Una joya admirable y esquiva.
A. Alonso Colinas
